Continuamos nuestro caribeño viaje amaneciendo en Antigua y Barbuda.

Al desembarcar nos dejamos envolver por la animada música local que acompañaba a unas bailarinas con el típico vestido criollo de la zona dándonos la bienvenida. El radiante sol y los colores vivos creaban un simpático ambiente. A la entrada se encontraba el personal de la oficina de turismo que amablemente ofrecía planos del país e información a quien la solicitara. Plano en mano nos dispusimos a conocer la isla de Antigua. Su capital es St. Johns, nada más salir del puerto de Heritage Quay nos adentramos entre sus calles. Cuenta con una distribución irregular entre la que nos sorprendió que no contara con ninguna plaza central. La pequeña ciudad se encuentra enmarcada por la imagen de la Catedral anglicana de San Juan sobresaliendo al fondo de las calles ya que se encuentra construida sobre una colina. No pudimos visitar su interior, permanece cerrada por reformas. También encontramos cerrados muchos comercios y edificios oficiales como el Museo de Antigua y Barbuda al coincidir con una festividad nacional, pero disfrutamos del ambiente, la decoración con banderas y desfiles en el centro de la ciudad.

No dejamos de visitar sus mercados, corazón de la misma. El mercado público está cubierto y en sus abundantes puestos se ofrecen frutas y verduras del Caribe. Muy próximo a este y a la terminal de autobuses, que resulta curiosa de visitar, encontramos el mercado de Artes y artesanías. Nos resultó muy atractivo poder ver a los artesanos trabajando de cerca.

Tomamos un taxi para dejar atrás la capital y descubrir el resto de secretos que guardaba la isla. Mientras nos dirigíamos al sur por sus estrechas carreteras pudimos ver que las casas y comercios son construidos entorno a estas. La vida local se desarrolla en paralelo a los caminos, no existen pueblos como los que estamos tan acostumbrados a ver en Europa. Llegamos a nuestro primer destino para visitar Port Falmouth y el mirador de Shirley Heights. Para llegar hasta allí atravesamos zonas de densa selva donde es muy típico hacer una parada para vivir la experiencia de un juego de tirolinas en medio de la selva. Las vistas son frondosas y llamativas pero consideramos que no merecía la pena invertir más tiempo allí ya que las distancias de las tirolinas son cortas y su precio ascendía a los 60$. Para terminar la jornada decidimos hacer una parada en nuestro camino de vuelta en Darkwood Beach. Es una playa totalmente natural, pisamos sobre un fondo verde en unas primeras dunas donde comenzaba para llegar a una agradable arena blanca que se fundía con los tonos turquesas del mar. En ella encontramos algunas familias locales disfrutando del sol, asique nos unimos a ese baño dorado.

 Nuestra aventura comenzaba a ver su final pero aún nos faltaba por descubrir uno de los destinos más especiales. La isla de Santa Lucia nos conquitaría.

Nueva jornada y nuevo destino, Santa Lucia. Nos conquistó su ambiente relajado, la amabilidad de la gente y sus impresionantes paisajes. Uno de los lugares más especiales del viaje. Desembarcamos a primera hora de la mañana y sin perder tiempo comenzamos nuestra aventura. Las excursiones más demandadas son a bordo de un catamarán  que navega hasta Las Pitons y hace una parada en playa, el precio aproximado son 60$ por persona. Nosotros elegimos la opción de alquilar un taxi para todo el día ya que uno de los encantos del país son sus paisajes, pueblecitos pesqueros y sobretodo su gente. Nos costó 25$ por persona y el conductor dominaba el castellano, por lo que hizo también el papel de guía enseñándonos algunos de sus rincones. Partimos de la terminal rumbo al sur. Desde la ventanilla pudimos ver como coloridas y sencillas casas se fundían entre una densa vegetación que nos invitó a hacer varias paradas para vivir el ambiente.

Probamos productos típicos como pan de yuca o frutas exóticas que usan para sanar algunas dolencias, comprándolas en improvisados puestos en los arcenes de la carretera. Despúes de una amplia sonrisa encontramos ganas de explicarnos su cultura y costumbres, ganas de acercarse al turista y dejarse conocer.

Paramos en miradores naturales que se merecían más de una foto de sus paisajes, siempre un manto verde que terminada en un azul intenso. Pudimos sentir el ambiente reagge de la gente local que relajados disfrutaban el paso del tiempo detrás de un cigarro.  Llegamos a un pequeño pueblo pesquero a orillas de una playa salvaje donde vimos como trabajaban remendando las redes o a niños jugando con las olas. Una estampa autentica donde decidimos hacer un breve descanso y un lugareño muy dispuesto nos ofreció coco del árbol a nuestras manos. Machete en la cintura trepó sin mucho esfuerzo para conseguir alguna pieza y abrírnosla con la mayor naturalidad.

Ya recuperados del calor emprendimos camino por una estrecha carretera entre la selva tropical para llegar a nuestro destino, Las Pitons. Estas montañas tan características, símbolo de la bandera nacional, son una reserva natural de origen volcánico declarada Patrimonio de la Humanidad. Un regalo de la naturaleza que merece la pena visitar. Antes de llegar  a Soufriere tuvimos una buena perspectiva del paisaje. Una vez tomada la foto de rigor nos dirijimos hacia la zona de los cráteres,  siguiendo la costumbre local de darnos un baño de barro en las aguas sulfurosas para después lavarnos en una piscina natural formada por una cascada en medio del follaje. Una agradable experiencia. Refrescados por las frias aguas de la cascada decidimos comenzar el regreso poniendo camino hacia Castries, la capital, desde la cual se puede llegar dando un paseo al puerto o tomar un taxi que lleva pocos minutos. El trayecto se pasó muy rápido, la ilusión pudo con el cansancio y no perdimos detalle de aquellos paisajes.

Una vez en Castries decidimos guardar el mapa y recorrer la ciudad vibrando a su ritmo. Encontramos un ambiente despierto y ajetreado, edificios grandes y una organización más estructurada.

De todas las visitadas presentaba toques más modernos sin perder su encanto criollo. La plaza central es amplia y en torno a ella se levantaban edificios coloniales. Caminamos por sus calles sorprendiéndonos del contraste entre edificios de construcción y pequeñas casetas prefabricadas que cumplían su función de vivienda o comercio. El mercado central estaba formado por un edifico cubierto y puestos de alimentación repartidos alrededor de este, incluso en la acera la gente exponía sus artículos de venta. Llegó la hora de marcharse y nos despedimos de la isla con gratitud y una sonrisa.

Nuestro viaje llegaba a su fin. En nuestro último día de aventura Santo Domingo nos recibió con un sol radiante y altas temperaturas. Ya conocíamos la ciudad pero preferimos concertar precio con un guía local con el que pasear y acceder a sitios fuera del turismo resulta más fácil. Los guías oficiales de turismo se encuentran en la misma terminal del puerto donde se pueden contratar sus servicios por tarifas muy económicas. Desde allí caminamos al centro de la ciudad colonial.  Cruzando el puente colgante ya teníamos vistas del Alcazar de Colón. No lo visitamos en esta ocasión porque ya lo conocíamos, pero lo recomendamos si se tiene tiempo. Agustín, nuestro guía, nos hablo sobre las propiedades del ambar y el Larimar, piedra endémica de la República Dominicana y curiosidades de la gente local.

Cruzamos Plaza España para subir por la famosa calle de las damas, viendo el cambio de guardia en el Palacio Nacional y llegar hasta la plaza de la catedral. En ella nos sentamos en una terraza para tomar una cerveza Presidente bien fría y observar el ambiente tan vivo que se respira en ella. También paseamos por la Calle del Conde y los alrededores donde decidimos comer en un pequeño restaurante de comida local. Una de las visitas que más nos gusta y suele quedar fuera de las rutas turísticas son las ruinas del Monasterio de San Franciso y las callejuelas que hay en sus alrededores. Entrada la tarde pusimos rumbo hacia el aeropuerto, volvimos a casa añadiendo a nuestro albúm de viajes grandes recuerdos.

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