LANZAROTE: Todo un viaje

Tierra indómita, salvaje. La isla tiene una energía que te envuelve y te enamora.

Una isla de contrastes que recibe con un agradable aroma a mar y un clima delicioso. Conquistan sus paisajes, muy diferentes entre sí pero perfectamente enlazados siguiendo el hilo de los colores. Azules con olor a brisa marina. Volcánicos marrones con reflejos ocres. Intensos verdes presentes en la vegetación y a modo de pintura en puertas y ventanas de las blancas construcciones tradicionales.

Lo que más me gusta de Lanzarote es su autenticidad, es un destino con carácter propio, único. Conserva su esencia y tradiciones, fuera de Arrecife no encontrarás muchas construcciones modernas. Pequeños pueblos o casas independientes, que parecen gotas salpicando los paisajes de tierras volcánicas, son el tipo de vivienda más común. Todas ellas con un aspecto cuidado. Relucen por su color blanco sobre fondos muy diferentes. De olas azules, como el pueblo pesquero de Famara o de tierra oscura en Yaiza, donde asoman entre palmeras dándole un aspecto árabe de ciudad del desierto. Otra de las tradiciones vivas es su método de cultivo de la vid. Autóctono y muy original. Podemos encontrarla en el Valle de la Geria.

Sobre las laderas de las montañas aparece un mosaico formado por estructuras semicirculares que protegen el cultivo de la fuerza destructora del aire. Uno de los atractivos que más me cautiva es que mires donde mires encuentras naturaleza salvaje: paisajes lunares, dunas de arena blanca, volcanes, vegetación que sobrevive en los terrenos más insospechados y la fuerza del mar. Sin duda, uno de los protagonistas indiscutibles como en cada isla. Regala un fondo marino lleno de vida para aquellos que decidan sumergirse con respeto en sus aguas. En los Hervideros se puede oir silbar al viento mientras disfrutas de como salpica el mar bravo hacia la superficie colándose por unas cuevas formadas por la erupción volcánica.

El ritmo en la isla es relajado, no existe la prisa

Algunos de los principales atractivos turísticos son el Paque Nacional del Timanfaya, los Jameos del Agua, la Cueva de los Verdes o la Casa de Cesar Manrique, historia viva de Lanzarote. Algunas de sus obras son el Jardín de Cactus, un oasis con especies de todo el mundo y el Mirador del Río, claro ejemplo del entusiasmo del autor por querer integrar su arte en la naturaleza. No dejéis de visitarlos, pero invito a dedicar parte del viaje a perderse y descubrir todo su encanto. La isla es geología pura y se merece un paseo donde poder sorprenderse con sus contrastes. Para los amantes del buceo ofrece el Museo Atlántico, recién inaugurado. Una expresión artística ecológica a modo de museo submarino único en Europa. No quiero dejar de mencionar el Charco Verde que sorprende por la singularidad del color de sus aguas impasibles frente al romper de las olas del mar.

Otro de los puntos fuertes es su gastronomía, que presenta sabores muy diferentes a la cocina mediterránea. Su base se asienta principalmente en una gran variedad de pescados frescos, que se cocinan de forma variada. Uno de los más típicos es la Vieja, con su textura delicada conquistó nuestro paladar. También descubrimos la calidad de sus mariscos entre los que destacamos las lapas por su popularidad e intenso sabor. En la cocina canaria no puede faltar la compañía de las papas arrugás con las sabrosas salsas de Mojo verde y Mojo picón. Un plato que siempre nos acompañó a la mesa durante nuestro viaje. No dejamos de probar los vinos de la zona, que merecen ser catados al igual que la amplia variedad de quesos regionales. En Lanzarote hay muy buenos ahumaderos de salmón, detalle que llamó mi atención, igual que la larga lista de espera para adquirirlo. Sin duda los sabores de la isla acompañan la belleza del paisaje.

El silencio es un gran protagonista en Lanzarote, regalando una atmósfera de tranquilidad muy especial

Desde Lanzarote se pueden descubrir algunos de los mejores rincones de las Canarias. En la zona norte encontramos el pintoresco pueblo de Orzola desde donde sale un ferry hacia La Graciosa con doradas playas solitarias. Dicen que es la isla que derrocha más serenidad del archipiélago. En el extremo opuesto, desde Playa Blanca, podemos embarcar hacia Fuerteventura o el Islote de Lobos durante un agradable paseo que nos ofrece unas espectaculares vistas panorámicas.  Con aguas cristalinas y una tranquilidad reparadora sorprenden a sus visitantes.

Tierra indómita, salvaje. La isla tiene una energía que te envuelve y te enamora.

Volveremos pronto.

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